No había llegado la hora acordada para el encuentro y Sebastián ya había esperado unos quince minutos en el lugar indicado.

– “Más vale llegar a tiempo” pensó mientras esperaba el bus, con una hora de ventaja.

-”En Bogotá nunca se sabe qué mala pasada jugará el tráfico” se repitió a sí mismo, intentando que sus palabras calmaran las ganas de devolverse a la casa y no salir más en toda la noche.

Quince minutos y la ansiedad empezaba a jugarle en contra, ¿Y si había exagerado llegando tan temprano? No quería ser impuntual pero menos parecer ansioso. Demostrar estarlo, más bien.

Un cigarrillo.

Dos.

Tres.

Con la mano izquierda se peinó la barba, de arriba hacia abajo, mientras lamentaba no tener un cuarto cigarrillo para aclimatar la espera. ¿Y si no llegaban por él? ¿Y si habían decidido hacerlo a un lado? Tal vez fue la voz entre cortada con la que dijo “Sí” o las inoportunas preguntas que había realizado y de las que no había obtenido más que un silencio largo y espeso como respuesta.

Nicolás caminó de un lado a otro, violando la única indicación que le habían dado para llegar al lugar: no llamar demasiado la atención. Pese a estar usando ropa sobria, sus más de 180 centímetros tampoco favorecían el camuflaje. Extrañó de nuevo el cuarto cigarrillo.

**

A las 8:02 pm, por la esquina acordada, giró una Ford de cuatro puertas. Se detuvo. Sebastián guardó el celular en su bolsillo izquierdo -luego de comprobar el atraso de dos minutos con el que le cumplían la cita- al mismo tiempo que abría la puerta trasera de la camioneta. Metió el bajo eléctrico entre sus piernas y se sentó detrás del conductor.

-Tardaron un poco en llegar.

– En dos minutos pueden matar a alguien por robarle un instrumento musical, así es esta ciudad.

– Nos esforzaremos más porque nadie mate a nadie lo que queda de día, ¿está bien?

En menos de quince minutos en dirección norte, por la avenida Circunvalar, la camioneta arribó al destino final de la noche. Un edificio de seis pisos desde el que, pese a su poca altura, se conseguía tener una profunda perspectiva de la ciudad. La ubicación estratégica del lugar, en un punto alto de los cerros orientales, bien podía hacer pasar la tímida terraza por un penthouse de lujo.

El conductor de la Ford, al que hasta el momento Sebastián no había conseguido verle el rostro, activó la puerta del parqueadero e ingresó el vehículo a una planta subterránea del edificio. Los otros dos hombres que viajaban en la camioneta se bajaron antes para ingresar por la puerta principal.

Sebastián sintió, por primera vez en la noche, auténtico miedo; todo hasta el momento había sido una mezcla entre la incertidumbre y la ansiedad. ¿Por qué no le habían dicho que ingresara también por la puerta normal? ¿Debía romper el silencio incómodo e intentar entablar conversación con el desconocido que estaba al volante? ¿Y si, simplemente, se habían olvidado de que él estaba allí?

-Estos edificios nuevos ya no son como los de antes.

-Parece moderno pero no lo es tanto, señor Sebastián.

El conductor sabía su nombre.

-Es el cumpleaños de un hombre importante, la crema nata de la sociedad bogotana. Van a estar muchas personalidades y bueno, ya sabe, la discreción es fundamental. A usted lo recomendó Santiago, el dj, dijo que habían trabajado juntos antes.

-Somos viejos amigos, sí.

-Él ya está arriba esperándolo.

El conductor sabía varias cosas más, además de su nombre.

-Le voy a pagar de una vez, así cuando termine la noche se puede ir sin ningún problema.

-¿Quién es el homenajeado?

-No voy a decirle su nombre y prefiero que, además, lo olvide al salir de aquí.

Sebastián recordó el silencio espeso que se había dado entre Santiago y él, el día anterior. De nuevo las preguntas incómodas. Qué bueno estaría otro cigarrillo.

-¿Fuma?

-No

***

La fiesta era tranquila. Sí, un par de caras conocidas, algunos miembros del jet set y otro par de políticos jóvenes por ahí. Delfines. Sebastián pensó que Santiago había exagerado con todo el protocolo para llevarlo hasta allí. Demasiados silencios. Pensándolo con calma, el miedo había sido innecesario también, una exageración de su parte.

-Ba da bum ban boom, bom, boooom.

Sebastián hizo música con Santiago toda la noche. Cada vez la fiesta se asemejaba más a un bar cualquiera de esos en los que se reunían a tocar cuando las agendas coincidían. La vida adulta, los horarios, las responsabilidades.

-Ba ban boom da bum.

Estaba bien que le pagaran por hacer música de vez en cuando.

-Bom, boommmm, da bum bam.

Sebastián notó que, en toda la noche, solo había visto a una mujer. Una rubia de vestido corto y cabello sobre los hombros; caminaba de un lado para el otro y parecía que a nadie le llamaba lo suficiente la atención. Ni a él mismo, en realidad. La rubia podría haber pasado desapercibida de no haber sido el único par de piernas largas en todo el lugar.

La noche avanzó y, entre una mezcla y la otra, casi sin notar que el sol ya se extendía por encima de la terraza en dirección al occidente, empezaron a aparecer jovencitas delgadas y de ropa improvisada. Se movían de un lado al otro, entre los viceministros y los inversionistas. Nadie les había notificado a ellas, como a Sebastián, que el dress code de la noche era la sobriedad.

Jovencitas entre los 13 y 15 años, de rasgos pronunciados y una tez morena de la que era difícil adivinar la procedencia. Algunas más delgadas que otras aparentaban entre 12 y 13 años, aunque los senos turgentes distrajeran e hicieran pasar por alto que eran menores al resto. La mujer rubia las miraba atenta, como si contara sus cabezas cada 2 o 3 minutos, asegurándose de que todas estuvieran en el lugar.

****

– Santiago, bom, boom, da, bum, ¿qué es lo que está pasando?

-Santiago, da bum boom, vámonos de aquí.

-Ya le pagaron, ¿no? No se puede ir.

Entre las clavículas de las muchachitas, los vices servían whiskey. Sebastián buscaba algún gesto sexual que confirmara lo evidente, pero las pubertas morenas solo fungían de utilería. Los orificios de sus mejillas servían para poner los gramos de perico que cada uno de los invitados metía por la nariz; permanecían de pie con la mirada fija en algún lugar que no era ese edificio de 6 pisos en el oriente de Bogotá.

Sebastián miró hacia la puerta custodiada por los mismos hombres con los que había compartido asiento en la Ford. Miró a Santiago actuar como si aquello no estuviera pasando, ¿cuántas veces habría sido testigo de la misma escena? ¿de peores?

-Santiago, da bum boom bam, usted no me dijo nada de esto.

-No era necesario dar detalles.

-¿Detalles? Esto es el grueso de la situación.

-No, usted vino a hacer música y le pagaron por eso. Limítese a hacer lo suyo.

-Da bum boom bam

Una a una las jovencitas, las niñas, se perdían en algún pasillo siendo conducidas por un vice, un inversionista, un emprendedor. La rubia de cabello a los hombros verificaba de nuevo la cifra de las que permanecían en la celebración; se recostaba contra una persiana e inhalaba pegante bóxer que llevaba en un discreto frasco de vidrio. De haber puesto esa sustancia en el rostro de las muchachitas, la escena habría migrado inmediatamente del barrio Rosales a la calle décima en el centro de la ciudad, por la que diariamente transitaban todos aquellos futuros de la política y esperanzas de la nación.

Sebastián transitó del miedo al asco.

-Santiago, ba da bomm bum ban, ¿tiene un cigarrillo?

-Son las cinco de la mañana, ¿va a fumar tan temprano?

-En realidad, ba da bumm, es el cuarto de la jornada, bam bum da bam.

-Usted si es que no tiene pudor, ¿no?.

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