El «uno, dos, tres» es una canción infantil que me cantaba mi mamá, con el fin de que me despertara y me levantara rápido de la cama para no llegar tarde a la escuela.
Un, dos, tres, todos para arriba
Un, dos, tres, todos para abajo
Bien agarraditos, manita con manito
Dando golpecitos…
Con el tiempo, el «uno, dos, tres» se convirtió en mi himno al afán; la cantaba cada vez que me despertaba 15 minutos antes de una cita del trabajo o de un parcial final en la universidad. Andaba por la vida haciendo del «uno, dos, tres» la banda sonora de mi desorden del tiempo, de mis horarios invertidos y de la agenda en la que nadie más que yo cabía.
Uno, dos, tres, son también las ciudades en las que coincidimos, fugazmente, antes de encontrarnos juntos en el mismo espacio.
Uno, dos, tres, son también las veces que la vida ha querido juntar nuestros caminos, aunque nosotros estemos en dimensiones distintas y siempre haya habido algo por lo cual decir adiós.
El «uno, dos, tres» es una canción infantil que me cantaba mi mamá, con el fin de que me despertara y me levantara rápido de la cama para no llegar tarde a la escuela.
Un, dos, tres, todos para arriba
Un, dos, tres, todos para abajo
Bien agarraditos, manita con manito
Dando golpecitos..
El «uno, dos, tres» es ahora una canción que canto en la mañana, sin afán, porque tu ritmo es cauto, tu caminar es pausado, tu acento es el susurro más bonito que he escuchado y la voz, entre los dos, no se levanta. Porque el susurro no es ausencia sino respuesta y, a tu lado, hasta el silencio es seguro.
Bien agarraditos, manita con manito…

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